Con la llegada del solsticio de invierno, que marca el día con menos horas de luz del año, varios dólmenes de la provincia de Burgos vuelven a protagonizar mañana un fenómeno cargado de simbolismo y significado histórico. Durante estos días, la luz del amanecer penetra de forma precisa en el interior de estas construcciones megalíticas, iluminando el corredor y la cámara funeraria.
Este efecto no es casual. Los dólmenes fueron levantados hace miles de años con una orientación cuidadosamente calculada, vinculada a los ciclos solares. En el solsticio de invierno, el sol alcanza su punto más bajo en el horizonte y comienza un nuevo ciclo de crecimiento de la luz, un momento clave para las comunidades prehistóricas, asociado al renacimiento, la renovación y el paso del tiempo.
En enclaves megalíticos de Burgos, este alineamiento permite comprobar cómo el primer rayo de sol del solsticio atraviesa la entrada del dolmen, un fenómeno que demuestra el profundo conocimiento astronómico y simbólico de quienes los construyeron. Para estas sociedades, el solsticio no solo tenía un valor práctico ligado al calendario agrícola, sino también un fuerte componente espiritual.
Este acontecimiento convierte al patrimonio megalítico burgalés en un auténtico observatorio natural, recordando que los dólmenes no eran únicamente espacios funerarios, sino también lugares rituales conectados con el cosmos y los ciclos de la naturaleza. Cada invierno, el sol vuelve a entrar en estas piedras milenarias, reforzando su valor histórico y cultural.











